PRÓLOGO

Nací en Shanghái, China, en la época de Mao.

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En aquel tiempo mi abuela vivía con nosotros en una casa donde se alojaban cuatro generaciones de nuestra familia: mi hermano pequeño y yo, mis padres, mis tíos y mi tía, mis abuelos y mi bisabuela.

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Daqingli en 1980

La casa era de estilo tradicional de Shanghái, tenía de nombre Daqingli y había sido construida en 1905 durante la dinastía Qing. Estaba justo en la calle Este de Nanjing, la más próspera y densa de Shanghái. Nuestra casa estaba enfrente de un edificio de grandes almacenes (Shanghái No.1 Department Store) en La Plaza del Pueblo, junto al Parque Renmin.

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Shanghái No.1 Department Store en 2009

Cuando mi hermano pequeño nació, mi madre estaba trabajando en un hospital fuera del centro de Shanghái, al que se tardaba en llegar dos horas y media en bus. En aquel momento, mi padre se hallaba en una base militar situada en la provincia de Fujian, frente a Taiwán. Mi madre me llevaba a visitarlo mientras estaba en la base. Al cumplir yo cuatro años, mi padre regresó definitivamente a Shanghái.

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Muengtang en 2009

Iba a una guardería llamada Muengtang, que era, en realidad, la iglesia Santa Trinidad. Tenía miedo de ir, no solo porque estaba un poco oscuro sino porque además olía a lechuga, algo que comíamos a menudo. Incluso ahora recuerdo el sol que lucía a través de las ventanas multicolores de la iglesia. Cuando no podía dormir durante la siesta, solía mirarlas como si tuviera un sueño mágico.

La calle Jiujiang, donde se encontraba mi guardería, estaba repleta de comercios. Un día, después de recogerme, mi padre me llevó a comer empanadas en un restaurante pequeño. Hacía mucho frio en la calle pero las empanadas estaban riquísimas. En aquellos tiempos, la vida era pobre, y comer algo relleno de lechuga y carne picada era todo un lujo. Me sorprendió el sabor tan delicioso que tenían.

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La calle Jiujiang en 2009

El año posterior a mi comienzo en la guardería, era el último de la Revolución Cultural. Vi la noticia de la caída de la Banda de los Cuatro en la televisión de trece pulgadas en blanco y negro que habíamos comprado. Era una de las TV más lujosas y caras en aquel tiempo. Ese mismo año, mi tía terminó su servicio militar y regresó a Shanghái.

En nuestra casa teníamos un patio con mucho encanto. Era una caja mágica para mí. Mi bisabuela y mi abuelo eran personas a las que les gustaban las plantas y disfrutaban con ello. Daban así un toque de vida y alegría con aquellos floridos parterres. Por doquier había elegantes Bonsáis, y dorados peces hacían sus piruetas en un pequeño estanque.

Mi bisabuela nació en 1893 durante la Dinastía Qing. Sus pies estaban vendados de acuerdo con la tradición, así que parecían un par de lotos dorados de tres pulgadas, por lo que ella solía andar muy lentamente. En verano, cuando los pájaros estaba cantando y las flores rosas estaban ya floreciendo, mi bisabuela solía peinarse con gran esmero y elegancia. Tenía pelo blanco y largo que se acicalaba en el patio cada mañana. Otro recuerdo de ese patio que me viene a la mente es el de mi tío, que estudiaba literatura japonesa en la universidad de Fudan. Era muy trabajador, y recitaba todos los días por la mañana las lecciones, para practicar su pronunciación, en ese patio.

Un día de invierno comenzó a nevar. Era la primera vez que veía una nevada, ya que aquello no era corriente en Shanghái. Mi padre estaba haciendo un gran monigote de nieve en el patio, y mi hermano y yo lo mirábamos desde dentro. A través de la ventana, veía densos copos de nieve que caían, mientras mi padre colocaba finalmente una zanahoria en la cara del monigote a modo de nariz. Todo eso me pareció entonces muy surrealista.

En 1978, comencé mis estudios en el colegio primario. Mi abuela era una artista de la Ópera China de Huaiju y continuaba ocupada con sus ensayos, participando en conferencias y distrayéndose con múltiples actividades. La realidad es que no la veía a menudo cuando era pequeña. Pero no se me olvidarán nunca sus palabras: “Mi niña, debes apreciar la oportunidad que tienes de poder estudiar en un colegio, cuando la abuela era como tú de pequeña, quería estudiar pero no tuvo ninguna oportunidad”. La cruda realidad es que ella solo pudo estudiar dos años y medio en un colegio, pero tuvo valor y fuerza para seguir haciéndolo por su cuenta. Ella me solía decir: “Mi pequeña, si una persona tiene cultura y conocimientos, puede ver este mundo de una forma distinta. Hay muchos tesoros que están escondidos en un cajón, pero ese fabuloso cajón sólo se puede abrir con una llave, y esa llave se llama cultura y conocimientos”.

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Mi abuela actua en 1980, después de Revolución Cultural.

En mi familia cada persona trabajaba en diferentes áreas. Mi abuela respetaba las decisiones de cada uno. Para ella lo más importante era que una persona fuera virtuosa. Con frecuencia nos solía decir: “Si trabajas bien y de manera profesional en cualquier ocupación, serás una persona honorable, honesta, confiable y valiosa para la sociedad”.

Cuando, a veces, sacaba buenas notas en el colegio, mi ego se subía por las paredes y me convertía en una persona algo chula. Entonces, mi abuela, a la que no se le pasaba nada, lo notaba y me decía en un tono muy serio: “Solo la botella medio llena es la que hace mucho ruido. Tienes que ser humilde y modesta, porque siempre habrá gente mucho mejor que tú. Los chinos tenemos un proverbio para estas situaciones que dice: Siempre habrá montañas más altas que esta, cielos más dilatados que este y gente más inteligente que tú”.

En 1979 mi bisabuela se puso enferma debido a su delicado estado, producto de la edad. Falleció cuando tenía ochenta y seis años. Mis abuelos y mi tía, se trasladaron a una nueva casa en 1980.

Durante la noche vieja del año nuevo chino de 1981, mi abuelo falleció por cáncer de pulmón. Era un hombre tímido, no le gustaba hablar de sus problemas. Sufría mucho, y sintió gran frustración durante la Revolución Cultural por el trato injusto que había recibido mi abuela.

Durante el período de 1980-1990 pude ver más veces a mi abuela, a pesar de que mis padres, mi hermano y yo seguíamos viviendo en la casa antigua. Cuando mi abuela terminaba sus ensayos o actuaciones, ya muy tarde, solía venir a dormir con nosotros porque la Compañía Estatal de la Ópera de Huaiju de Shanghái estaba cerca de nuestra casa.

Aún recuerdo que, cuando tenía doce años, mi abuela fue a Pekín para asistir a las reuniones del Comité Nacional. Solía enviarnos cartas, en una de ella descubrí una palabra que estaba escrita incorrectamente, y, sin pensármelo un minuto, me preparé para recriminarle su dejadez. Le mandé una carta donde la criticaba sin ninguna hipocresía, pero, sorprendentemente, mi abuela me respondió admitiendo sin ninguna excusa que había escrito esa palabra incorrectamente y que por eso ella debería estudiar más. Ahora me asaltan reparos por haber sido tan presuntuosa, ¿cómo pude haber reaccionado así con ella solo por una cosa tan banal? Está claro que en aquellos momentos pensaba que podía saber más que ella, y que tenía una gran dosis de arrogancia.

Mi abuela solía darnos un poco de dinero, con el que yo compraba cintas de música, libros y algunos dulces en las numerosas tiendas de la calle Este de Nanjing. Aquel era un universo muy curioso y maravilloso en aquella época para mí.

Hacia 1980, las condiciones de vida en China habían mejorado y eran algo más confortables. Aunque todavía en los mercados no se podían encontrar muchos productos, y para comprarlos se seguían necesitando los cupones.

En aquellos momentos mi abuela era ya una artista muy conocida de la Ópera de Huaiju, y su salario mensual era relativamente alto. Le encantaba ayudar a otras personas, pero siempre dentro de una ética de respeto hacia los demás. Algunas veces, mis amigos y compañeros de clase venían a mí casa para hacer juntos los deberes o a jugar. Si coincidían con que estaba mi abuela, siempre los invitaba a comer a todos ellos y después les preguntaba cómo les iban en sus estudios, y nos decía: “Los niños tiene que reunirse juntos con sus mejores amigos y ayudarse unos a otros”. Todos mis compañeros de clase la recuerdan vivamente.

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Con mi hermano pequeño y mi prima en Parque Renmin, 1981.

En otra ocasión, durante la Fiesta Nacional, en nuestra antigua casa, mi abuela y yo nos sentamos juntas para disfrutar de la vista de los fuegos artificiales. Le dije: “Mira, abuela, qué bonito es, ¿no?, ¿te está gustando?”, “”, me contestó, “pero mira como las cosas suben y bajan, se iluminan y oscurecen, recuerda que nuestra vida es como estos fuegos”.

A veces, los amigos y admiradores de mi abuela solían venir a casa y ella les enseñaba a mejorar sus técnicas de actuación y canto. Yo nunca he asistido a una clase de canto: lo que ella me enseñaba era muy valioso.

Mis estudios universitarios comenzaron en 1990. La casa de mi abuela estaba a medio camino entre la universidad y mi casa. Comía en su casa casi todos los días. Ella compraba muchas comidas buenas y las cocinaba cuando tenía tiempo. Tuve así oportunidad de chalar con ella varias veces. Como de costumbre, mi abuela siguió muy ocupada, pero siempre estaba enseñando algo a sus amigos y admiradores. Siempre nos solía decir: “Cuando estudies o trabajes, hazlo lo mejor posible. Aprende siempre cosas nuevas, incluso cuando seas mayor”. Así pues ella nunca descansaba un minuto. Compró un guzheng, ya que ella deseaba aprender a tocarlo. Le comenté que era muy caro, pero me contestó que era el instrumento musical que desde niña había soñado con tocar. Como ya estaba jubilada iba a tener más tiempo para estudiar y practicar. También estudiaba pintura tradicional china y caligrafía china. Incluso hubo un momento en el que me dejó asombrada cuando me pidió que le enseñara matemática e inglés.

En 1990, unos días antes de la fiesta del Año Nuevo Chino, mi abuela me dijo: “Mi niña, te voy a comprar un traje nuevo para esta fiesta, ¿qué te parece?”. Nunca me olvidaré de aquella chaqueta roja de invierno, no solo porque su color era agradable y me calentaba la vista, sino por lo mucho que me abrigó durante aquella cruda estación.

Aunque mi carrera era de auditoría, mi pasión por la música, el teatro y la ópera estaba en mi corazón, y corría salvajemente por mis venas desde que era pequeña. Cuando terminó la Revolución Cultural, mi abuela pudo volver a actuar. Siempre la veía entrenarse en casa y cuando actuaba. A veces, me dejaba entrar al vestuario donde los actores se maquillaban y se vestían con unos trajes impresionantes. Mi abuelo era técnico de escenario. Sentía como si fuera un sueño cuando veía cómo él experimentaba con sus ágiles manos y distintas luces, rojas, amarillas, verdes y de todos los demás colores. Pero era muy difícil para una niña comprender la ópera china y estar allí sentada durante toda la representación, que, generalmente, dura entre dos y tres horas.

Algunas veces hablábamos de su profesión. Durante un cierto tiempo yo me divertí un poco diciéndole, en broma, que quería ser una actriz de la ópera china como ella. Ella me decía que su profesión era dura, con mucho entrenamiento y llena de amargas experiencias sin parar. Hoy, una chica como yo, tiene grandes oportunidades de estudiar, por eso ella me comentó que aprovechara esta circunstancia para sacar el máximo provecho.

Justo un año después de que Deng Xiaoping, quien era líder de China después de la época de Mao, realizara su famosa visita al Sur, me gradué en la universidad. Durante su visita, Deng pronunció varios discursos y se ganó plenamente el apoyo del pueblo por sus planes de reforma. Sus frases más famosas fueron: “Ser rico es glorioso” y “Un gato es bueno si puede cazar a la rata, no importa cuál sea el color del gato”. Estas frases provocaron un espíritu y una ola de emprendimientos en China que aún hoy continúan empujando a la economía de dicho país. Deng también fue una persona clave para la apertura de la nueva zona de Pudong en Shanghái, que reactivó la ciudad al mismo tiempo que se establecía como el centro económico de China.

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En el Bund, 1994.

Vi cómo Shanghái se desarrollaba rápidamente después de sus discursos. El gobierno de esta ciudad animó a las compañías inmobiliarias a que hicieran nuevos edificios en las zonas del centro donde estaban las antiguas casas de estilo de Shanghái. El sitio donde vivíamos, Daqingli, donde pasamos nuestra infancia y adolescencia y donde mis amigos, mi hermano y yo solíamos pasar el tiempo, han desaparecido para siempre.

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Daqingli desaparece para siempre, en 1995.

Desde 1993, una nueva ola de inversiones extranjeras se adueñó de Shanghái y, por lo tanto, la bolsa de Shanghái reabrió. Había sido el mercado más dinámico en la región de Extremo Oriente durante los años treinta del siglo pasado. Fui muy afortunada dado que aquello me trajo un completo abanico de oportunidades. Trabajé como auditora para el Buró de Auditoría de Shanghái, como bróker de bonos en el mercado de futuros y como bróker en la bolsa para Baring Asset Management e ING Barings.

Después de nueve años trabajando en el sector financiero, me armé de valor y, siguiendo un poco las huellas de mi querida abuela en lo que a luchar por aprender nuevas cosas se refiere, me marché de Shanghái, aterrizando en España un día de octubre de 2002. Ansiaba descansar y comenzar algo distinto. Como la mismísima letra de una canción que cantaba Edith Piaf: “[…] je repars à zéro […]”.

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En el Bund, 2001.

En enero de 2009, volví a visitar a mi familia en Shanghái. Fue una gran emoción y alegría poder volver a ver a mi abuela. De hecho, me había ido dando cuenta del gran impacto que ella había ido produciendo a lo largo de mi vida. Especialmente durante los años en que había estado fuera de China. Había comenzado todo desde cero en España, no conocía a nadie, tenía que aprender español, me enfrentaba con una nueva cultura muy distinta y tuve que poner en orden todas mis cosas y papeles. Nada había sido fácil, pero durante el arduo camino, siempre el recuerdo de mi abuela había estado conmigo, en ella tenía la imagen de la gran luchadora que había sido y que siempre había sabido sobrevivir a todas las dificultades, por muy duras que fueran.

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Con mi abuela, 2009.

Después de esta visita, comencé a escribir una biografía sobre mi abuela. Tenía que hacer mucho trabajo de investigación, deseaba llegar a un mejor conocimiento de lo que había sido su vida, dentro de China y de Shanghái. Obviamente la ópera china ya había ido creciendo dentro de mí. Sin embargo cuando ya había alcanzado las dos terceras partes de la biografía, sentí que me faltaba inspiración, no podía continuar. Por eso dejé momentáneamente este proyecto sobre la vida de mi abuela a un lado.

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La luna llena en 19 de septiembre 2013.

Cuatro años más tarde, volví a Shanghái para celebrar la fiesta de Mediado de Otoño con mi familia. La fiesta de ese año caía el día 19 de Septiembre y tradicionalmente es un evento muy importante donde toda la familia debe reunirse. Sin embargo el destino nos depara a veces emociones opuestas, son esos grandes momentos que serán eternos y que nos marcan para el resto de nuestras vidas. En esa noche, cuando la luna estaba en su cenit de esplendor, el corazón de mi querida abuela se detuvo a las 23:28 horas. La luna siguió brillando, como queriendo acompañar el alma de mi abuela en su fulgente Tao hacía la eternidad. Fue la Fiesta de Mediado Otoño más triste de mi vida. Ella tenía noventa y dos años y había sufrido un edema cerebral. Se fue muy serena. Todo fue rápido y aparentemente no sufrió demasiado.

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Funeral de mi abuela

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La pérdida de mi abuela ha sido el motor que me animó a terminar esta biografía suya. Me parece que merece la pena compartirlo con todos ustedes en muchos sentidos. A ella le habían tocado unas malas cartas en el juego de la vida. Sin embargo nunca se rindió. Por eso su vida me enseñó que siempre hay esperanza si se trabaja duramente y que se pueden alcanzar los sueños.

He escrito esta biografía basándome en las cintas que fueron grabadas cuando varios escritores y periodistas le hicieron entrevistas a lo largo de su vida. Mi agradecimiento más sincero hacia ellos. Sus nombres son: Qiao Gufan y Zhao Anji. Sin ellos y sus grabaciones no habría sido posible terminar este trabajo. Así, al mismo tiempo, he tenido la oportunidad de descubrir otra parte muy interesante de la historia de mi abuela. Gracias nuevamente.

Es un gran honor para mí poder dedicar este libro a la memoria de mi queridísima abuela. También va dedicado a todas las mujeres de este mundo que hayan tenido que pasar tiempos extremadamente difíciles y al final hayan podido salir y sobrevivir, y para aquellas que hayan sido tristemente olvidadas. También me gustaría dedicarlo, con todos mis respetos, a todos los lectores que nunca se hayan rendido ante las adversidades de su vida, hayan tenido algún sueño y hayan trabajado duramente para, al final, verlo cumplido.

Finalmente, me gustaría dedicar este libro a Shanghái, alrededor de la cual estuvo girando casi toda la vida de mi abuela. Tengo muchas memorias hermosas de los años de mi infancia sobre esta ciudad. La cultura de Shanghái tiene su base en cómo sabe atraer siempre a los mejores, y en su gran variedad. Dicha cultura se llama Haipai Wenhua, y es famosa por su mentalidad de innovación. Me parece que la influencia de Shanghái ha sido muy positiva para la carrera artística de mi abuela. También ha tenido un gran impacto sobre toda mi familia. Echo mucho de menos su aire húmedo, los ríos Huangpu y Suzhou, el Bund, el jardín de Jade, mi familia y los muchos amigos que viven allí. Cada vez que vuelvo a Shanghái, noto que está cada vez más bella. En 2009, cuando volví, fui a la calle del Este de Nanjing: siempre estaba a tope de gente; el parque Renmin me parecía más pequeño; la plaza del pueblo estaba rodeada por los rascacielos; algunas emotivas tiendas antiguas que me hubieran traído agradables recuerdos de mi niñez ya no estaban, su lugar había sido avasallado por los enormes contornos de grandes centros comerciales.

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La calle del Este de Nanjing, 2009.

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Donde estaba Daqingli, ahora es un centro comercial.

Me sentí extremadamente triste al no poder encontrar ninguna huella de los tiempos pasados cuando mis pies se dirigieron hacia el sitio donde había estado Daqingli, en la calle  Este de Nanjing. En su lugar se alzaba un centro comercial gigante. Un poco de alegría apareció en mi semblante al descubrir que mi guardería seguía todavía en pie, aunque ahora es una iglesia totalmente renovada. Saqué varias fotos de estos escenarios tan familiares, pero al mismo tiempo tan extraños. Estuve de pie silenciosamente durante bastante tiempo, como si estuviera participando en una ceremonia funeraria por los tiempos antiguos. Mientras tanto, Shanghái estaba abriéndome sus brazos, al tiempo que me decía: “¡Hola!, ¡bienvenida de vuelta, mi pequeña!”.

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Muengtang,2009.

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