CAPÍTULO 1

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Xiao Wenyan actuaba en la obra Clásica Juicio de mujer (Nü Shen) , 1960.

¿Quién no tiene o ha tenido padres? ¿Quién no sabe o conoce algo sobre su lugar de nacimiento?

Aunque si estas mismas preguntas se las haces a mi abuela (¿cómo se llama el pueblo donde nació?; ¿quiénes eran sus padres?; etc.), le es totalmente imposible darte una respuesta. Después de amplios rodeos por el interior de su cabeza, al cabo de muchos vaivenes en su desgastada mente, solo unos vagos, imprecisos, e indeterminados recuerdos acuden a su memoria.

Mi abuela se llama Zhang Shiqin (张士勤) para todos los estamentos oficiales, sin embargo, su nombre artístico en los círculos de ópera y teatrales ha sido y es Xiao Wenyan (筱文艳). Pero, curiosamente, no se apellida ni Zhang ni Xiao. No sabe, ni recuerda, si tenía nombre o no. Solamente su apodo familiar Xiao Xizi (小喜子), “Pequeño Manojo de Alegrías” (de aquí en adelante Xizi), que le acompañó durante su infancia, es una pequeña luz que, al reflejarse en los espejos de su difusa memoria, todavía despierta breves relámpagos en las nubes de sus recuerdos.

 

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En Baidu, no hay información sobre la fecha ni mes de de nacimiento de mi abuela. Lamentablement la historia fue así.

Los cambios de nombres son los hitos que contienen los momentos más duros y tristes de esta historia.

De acuerdo con el Calendario Lunar Chino, un día de febrero de 1922, Xizi nació en el seno de una familia rural y pobre en el norte de la provincia de Jiangsu. En esa época el norte de Jiangsu era una zona de dura y difícil vivencia a causa de su clima. Las condiciones medioambientales eran lo que nosotros llamamos aquí extremas. Si se presentaba un año lluvioso todo se traducía en salvajes inundaciones; si, por el contrario, no hacían acto de presencia las nubes, que bien: se libraban de las desastrosas aguas, pero a cambio se convertía todo en un erial. Por hache o por jota, siempre, siempre las consecuencias eran al final una catástrofe natural. Y quien dice catástrofe natural dice hambruna. La tierra en esos años no tenía descanso para ser productiva. El campo roto, deshecho, destruido hasta en sus raíces, era la puntilla que arruinaba los pueblos. Y quien dice los pueblos señala a sus campesinos.

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Pero volvamos a la sutil y delicada memoria de la persona que más me fascina. En uno de los rincones de sus recuerdos aparece una imagen que debió de causarle un fuerte impacto. Su casa llena de agua, todo inundado, todo cubierto de lodo. Y que impresión más desoladora si, como ella recuerda, todavía no sabía caminar. Qué momentos más agobiantes para un ser indefenso: ver que no puedes luchar, que el agua te rodea y que solo sabes patear. De pronto recuerda haber visto como el agua se alejaba de sus ojos, como su angustia y horror se secaban, todo de repente y gracias a un ligero vuelo hasta el hombro de su padre, desde donde, sentada, podía contemplar con espíritu juguetón e infantil como las aguas ya no eran ese peligro inminente.

Y después de la inundación se acercaba la sequía. Bajo un sol de fuego pudo ver como en un espejismo a sus padres pisando la noria, sumergidos en el sudor y el cansancio. Como una cosa de críos, que no resisten la tentación de husmearlo todo, de asomar sus narices en cualquier artefacto en movimiento, ella, en ese afán infantil imitador que los caracteriza, también quería repetir los movimientos de los mayores. Su padre solícitamente la llevó hacia la noria y la colocó encima. Como podemos imaginar, sus piernas infantiles no le alcanzaban para poder participar en el movimiento con que toda la familia impulsaba la rueda. Su padre, en su afán por reducir el desencanto de su pequeña, le dijo:

—Xizi, todavía te faltan muchos años para poder pisarla.

Aunque hayan pasado tantos años, estas imágenes están bien grabadas en su memoria. Por pequeños que seamos, aquellas vivencias extremas impactan de tal forma en nuestras neuronas, que las conexiones provocadas por esos momentos se hacen extremadamente fuertes, y ya no desaparecen, ni con las más duras enfermedades seniles. Cuando hablamos de su pueblo natal, todo un cúmulo de vivencias surge de lo más hondo de sus recuerdos, donde grandes murales impregnados de aflicciones, historias casi siempre tristes, cuadros de lágrimas y desolación pululan por momentos en su cada vez más arrugada faz.

 

¿Qué quedaba después de la inundación y la sequía? Barro, piedras, arena, tierras menopáusicas, tierras en la que ni las maternales manos de Virgo hubieran sido capaces de plantar algún embrión. Las familias llevaban esta vida de calvario con la resignación que se puede imaginar en estos pueblos marcados con la desgracia durante milenios.

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La zona afectada en Norte de Jiangsu por inundación.

Un día en que ya no quedaba ni un ápice de comida en la casa, su madre dijo a Xizi que se acercara a la casa de su tío, que habitaba en un pueblo bastante cercano, para pedirle un poco de salsa. Tras recorrer un trecho por caminos polvorientos y entrar en el pueblo de su tío, se vio sorprendida por un perro que, tras un salto por encima de un pequeño margen de piedra, se plantó de forma amedrentadora delante de sus narices. La primera reacción de Xizi fue salir corriendo, pero como suele suceder en estos casos, en cuestión de carreras los canes siempre llevan las de ganar y finalmente Xizi acabó mordida por ese perro defensor de las calles donde sus amos lo alimentaban. Todavía veo con horror las secuelas de esa herida en su pierna. Es también parte de esa memoria que no nos abandona nunca. ¡Ah!, siempre estos sucesos impactantes dejan su huella, aunque a veces no sepamos leer, ni escribir, ni sepamos diferenciar todavía entre la mente y el yo.

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Las inundaciones constituyen una de las catástrofes naturales que deja un gran número de refugiados en China, 1920-1930.

Cuando Xizi contaba tan solo con cuatro años, su familia, ante la dureza de la vida en el pueblo, y ante las pocas perspectivas de futuro que se avecinaban, se decidió a abandonar sus míseras tierras para acercarse a la aventura de Shanghái. El día anterior al de la marcha prevista se acercó en compañía de su madre a la casa de su tío para despedirse. La familia de su tío era mucho más rica que la de su madre. La costumbre era en aquel entonces que los parientes pobres no comieran en la misma mesa que los parientes ricos. Su tío llamó a Xizi y le dio un pequeño pescado. Aquella acción provocó en Xizi una alegría muy especial. Tal era su regocijo y tan contenta estaba que, pensando que todo era un sueño, se olvidó de los objetos existentes a su alrededor, por lo que tropezó y rompió el cuenco donde estaba el pescado. Como resultado de este hecho su frente quedó sangrando, con una herida que también aporta su granito de arena a esa memoria imborrable que ya hemos comentado. Estas heridas no son solo recuerdos permanentes de sus años en el pueblo, sino los únicos “regalos” que recibió en su infancia.

En esa época, los desplazamientos de migrantes de los pueblos a las ciudades eran bastante más peligrosos que en la actualidad y realmente calamitosos. El viaje se hizo en un carro de madera de una sola rueda. En un lado del vehículo se sentaba el padre, y al otro lado se ubicaba la madre y Xizi. Los caminos se hacen al andar como nos cuentan los poetas en sus versos y muchos de ellos se transitan por las orillas de los ríos, o de los canales que hacen los humanos. En nuestro caso el camino había surgido al lado de un canal. Los que conocen las carreteras y los asfaltos actuales a duras penas se pueden imaginar los caprichos y escabrosidades que existían en los suelos de esos caminos. El carro no solo avanzaba hacia adelante, aunque fuera subiendo y bajando por los innumerables baches con que la ruta obsequiaba al caminante, sino que también tenía algunos desplazamientos laterales. Pues bien, el carro, en uno de esos movimientos a derecha e izquierda al parecer, se topó con algún obstáculo, sufriendo una brusca parada, a consecuencia de la cual Xizi salió violentamente lanzada, y fue detenida finalmente por el lecho del canal. Afortunadamente era época de sequía y el canal apenas llevaba un hilo de agua y las hierbas abundantes en las orillas de los canales hicieron de colchón ante el inevitable impacto. No obstante, los gritos de Xizi, y la peligrosidad de la situación representaron un susto mayúsculo para sus padres.

 

En aquella época, las carreteras muchas veces no eran ni seguras ni transitables. Al final del viaje por tierra, tenían que continuar en una pequeña barca, remando por un riachuelo hasta llegar al gran canal de Yangzhou, y desde allí coger un barco para llegar a Shanghái.

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El curso del Gran Canal

Xizi y sus padres consiguieron finalmente encontrar una cabina de clase económica en un barco abarrotado de gente extenuada y pobre.

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A través de Gran canal de Yangzhou puede llegar al Shanghai

El padre de Xizi se apoyó finalmente contra una pared en el barco. Miraba a su mujer y a su hija con unos ojos muy cariñosos que parecían decir: “Qué suerte hemos tenido de poder subir a este barco, porque había muchos refugiados que querían subir pero no lo han podido hacer”. La madre de Xizi no se dio cuenta de que su marido la estaba mirando. Giró su cuerpo y se dio cuenta de que su pelo estaba horrible, tapando la mitad de su cara. Xizi tenía mucha hambre y además el olor del barco le molestaba bastante. Quería levantarse y volver a su casa. Tocó el hombro de su padre y le dijo:

—Papá, volvamos a casa. Quiero volver.

 

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Barcazas en el moderno Gran Canal (sección “Canal Li”) de Yangzhou.

Su padre la abrazó y la dejó acomodarse entre sus rodillas. Él acarició la cabeza de Xizi con su mano llena de callos y le dijo:

—Escúchame, mi buena niñita, tú no vas a vivir en esa casa de pobres como hasta ahora. Vamos a buscar una hermosa casa en Shanghái. Allí hay muchos edificios grandes y altos y brillantes luces cada noche. Además podremos comer arroz todos los días, no solo cuando celebremos las fiestas.

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Shanghai en 1930s.

—¿Dónde está Shanghái?

—Cuando nos bajemos del barco, ya estaremos allí.

—Papá, ¿qué aspecto tienen los edificios altos?

—Nunca los he visto, pero me han dicho que parecen altas montañas.

—Cuando lleguemos allí, ¿también vamos a vivir nosotros en un edificio alto?

—Pues… sí.

—Entonces, ¿no tengo que pedir nunca más la salsa a mi tío? Es que su perro realmente me asustaba mucho. ¡Era muy malo!

—No, no, ya no tienes que pedírsela más.

Su padre le estaba contestando de mala gana, pero Xizi no lo notó porque ella estaba llena de vibrantes ilusiones mientras su padre la cogía entre sus brazos.

Aquella noche Xizi tuvo un sueño muy feliz. En el sueño ella se ponía un vestido muy bonito para celebrar la fiesta del Año Nuevo Chino con sus padres en una casa grande. Después del banquete de la fiesta comenzó a lanzar fuegos artificiales.

Finalmente, el barco de la esperanza que nos lleva a todos los sitios que soñamos, llegó a su destino, poniendo a Xizi y a sus padres en la gran ciudad, en Shanghái.

¿Qué sería lo que les aguardaba en la gran ciudad? ¿Se cumplirían todas las expectativas generadas durante el viaje?

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Bund en 1930s, Shanghai.

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