CAPÍTULO 2

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Xiao Wenyan actuaba en la obra clásica La Romance de la horquilla (Jing Cha Ji) , 1954.

Allá, por el año 1926, hace ya más de ochenta años, Shanghái era el gran paraíso de los aventureros, tanto para los nativos como para los europeos. Pero, en general, para los pobres era el ignorado infierno. Ellos se acercaban con la gran ilusión que anima a la mayoría de los seres humanos en busca de una vida mejor. Fueron muchísimos los refugiados que llegaron desde diferentes zonas de China, previamente habían vendido los pocos terrenos de que disponían y en los que estaba escrita su historia familiar a lo largo de insufribles años rurales. Con el poco dinero que habían obtenido por la venta de sus tierras se acercaban a la gran urbe en busca de una vida mejor. En esta triste lotería del refugiado, ¿cuántos podían tener un poco de suerte en esta quimera de El Dorado?

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Shanghai en 1930.

La familia de Xizi no conocía a nadie en Shanghái. Alojados en un diminuto cuarto y con el poco dinero que traían su padre montó un pequeño negocio para poder seguir viviendo. Sin embargo, las esperanzas pronto se fueron desvaneciendo: el negocio no dio los frutos esperados y rápidamente el dinero se redujo a una nada angustiante. Como todas las desgracias que se ceban en el pobre, esta no llegó sola. Pronto una grave enfermedad atacó al padre y la falta de alimentos rápidamente hizo su aparición. Xizi no dejaba de llorar desesperadamente al sentir la vacuidad de su estómago. Su madre se sentía intranquila, totalmente confusa. Se habían deshecho de las tierras, de la casa, de sus muebles. Todo el dinero lo habían gastado en el viaje, en las medicinas, en los alquileres, en el desastre de su pequeño negocio. Ya no quedaba ni un duro. La enfermedad de su marido era una gran incógnita que no tenía solución. ¿Qué iba a ocurrir si el cabeza de familia fallecía?, ¿o si aún recuperándose quedaba impedido para trabajar?, ¿dónde estaba la salida a tanta desgracia?

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Shanghai en 1930.

Mientras acariciaba las delicadas piernas de Xizi, y con su abanico alejaba los ávidos mosquitos que pululaban por el cuarto, de repente se acordó de la frase que la Sra. Tao, su vecina, le había comentado aquella tarde mientras oía con gran pena los lloros por hambre de Xizi:

—Tenéis que encontrar cuanto antes una salida para la pequeña.

La madre de Xizi pensó: “¿Qué significa?, ¿qué quiere decir con esa frase? ¿Dónde está esa salida para mi hija?”. Así pasó aquella noche de insomnios, en la que esta frase le daba vueltas en la cabeza.

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Plano de trolebús en Shanghai, 1927.

El día siguiente apareció por allí la Sra. Tao, que vivía en Ningbo[1], la dueña de la sastrería que había visto a Xizi en el mercado recogiendo las verduras descartadas por el suelo. La Sra. Tao era una persona bondadosa, siempre que veía a la niña le daba comida cuando veía que tomaba una sopa de arroz en la que a duras penas se veían los granos del cereal. La Sra. Tao siempre exclamaba:

—¡Qué pena, qué pena! ¡Cómo vivís!

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Así mostraba su compasión al entrar, luego se sentaba para preguntar por la salud del padre de Xizi. Esta vez comentó:

—No vamos a hablar de sus rodillas. Es necesario que vea a un médico para que sepáis si va a poder recuperarse y poder así trabajar y ganarse la vida. Sin embargo Xizi me parece una niña inteligente y sería una gran crueldad que la dejarais morir de hambre. Hace poco tiempo murió la hija de la Sra. Zhang que tenía aproximadamente la misma edad que Xizi. La Sra. Zhang se haya muy triste por esta perdida. Ella quiere adoptar una niña que la saque de su tristeza, que le haga olvidar esta trágica muerte. Creo que estaría encantada de adoptar a Xizi. Desde mi punto de vista esta sería una salida muy buena para Xizi. Así podríais matar dos pájaros de un sólo tiro: con el dinero que os den el padre de Xizi puede visitar a un médico y al mismo tiempo Xizi puede pasar a disfrutar de una mejor vida.

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Río Suzhou en Shanghai, 1930.

El gran dilema que se le planteaba a la madre de Xizi conllevaba una dramática decisión. Como expresaba claramente la Sra. Tao:

—¡Vosotros no queréis vender a vuestra hija!, pero ¿hay otra alternativa mejor en estos momentos? La vida en vuestra casa es tan miserable que de aquí a poco tiempo vuestra hija Xizi puede llegar a estar muy débil, no solo por hambre, sino por cualquier enfermedad que pueda terminar con sus días de vida.

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La gente vivía en la casa de estilo Shanghai que se llamába Shikumen, 1930.

Nunca supo el momento en que se marchó la Sra. Tao porque la madre de Xizi cayó en un estado de semi-inconsciencia. En su cuarto solo se oía un desolador silencio.

—Véndela. Lo he pensado mil y una veces, porque no encuentro otra salida mejor —dijo con una débil voz el padre de Xizi desde la cama. Era un pensamiento que le había estado rondando los últimos días, exhausto por todas las desgracias que estaba pasando.

—No, no, no podemos venderla, Xizi es una parte de mi cuerpo. Nunca, nunca… —exclamó la madre que, no pudiendo controlar ya sus sufrimientos, se echó a llorar abiertamente en aquellos momentos.

—No podemos dejarla morir de hambre —contestó el padre con tono sereno pero firme, aunque ya sin fuerzas para seguir en ese contexto.

—Si tenemos que morir, prefiero que lo hagamos juntos —respondió la madre en esta dura discusión, con desgarradores gritos.

A partir de ese día, como si estuviera frente a un abismo oscuro, sin salida, la madre no dejaba de pensar día y noche en cómo encontrar una solución para no vender a Xizi.

Sin embargo el ansiado remedio para esta penosa situación no vendría.

Su desesperación, su dolor, no daban origen a ninguna luz. Finalmente la realidad terminaría imponiéndose como tantas otras veces, y con todo su pesar tuvo que someterse a esta dolorosa solución. Vendería a Xizi para que al menos la querida pequeña tuviera un futuro menos triste que el que les aguardaba a los tres juntos.

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