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CAPÍTULO 6

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Xiao Wenyan actuába la obra clásica : Justicia de mujer 女审 1960. Estába a la izquierda.

En todos los seres humanos hay un pozo de egoísmo que nos hace mirar solo a nuestro ombligo y no nos permite reflexionar nunca en que siempre hay, al menos, dos o más almas en toda convivencia.

Los padres adoptivos de Xizi, aún siendo muy bondadosos, temían por su nueva posesión. No solamente la mimaban como si fuera un tesoro, también, sin pensar en los sentimientos que su hija adoptiva pudiera expresar, evitaban todo posible contacto con el exterior, para impedir así cualquier encuentro con sus padres biológicos, que, en un plausible arrepentimiento, podrían merodear por la zona donde actualmente vivía su hija.

Por ello Xizi nunca salía sola de su casa, de esta forma no podía salir corriendo a verles, ya que las dos familias no vivían demasiado lejos una de otra.

En sus planes estuvo siempre, desde un principio, la idea de mudarse de casa para evitar este problema, por ello, al cabo de seis meses de convivencia de Xizi con el matrimonio Zhang, todos se mudaron a una vivienda nueva. Aunque esta vivienda no estaba muy lejana de donde la madre había dejado a Xizi, fue la única que encontraron de momento para evitar el posible retorno de su progenitora. Estaban más tranquilos al disminuir la probabilidad de un posible encuentro. Pero a veces las situaciones no las manejamos como queremos y es el destino el que nos depara sorpresas.

Habían transcurrido dos años largos desde que Xizi viera a su madre biológica por última vez, cuando, de improviso, apareció una mujer de unos treinta y cuatro o treinta y cinco años que portaba un pequeño fardo. La cara de esta mujer denotaba cansancio y sufrimiento. Su aspecto era el de una persona de más edad de la que realmente tenía. Era la madre biológica de Xizi. Le traía unos regalos y unas comiditas.

La presencia de esta mujer provocó, como era natural, unas tensiones muy fuertes en el ambiente. Por momentos la madre adoptiva, la Sra. Zhang se temió lo peor. Su cara mostraba su gran disgusto y sus grandes temores ante esta visita. Nadie supo nunca como encontró la madre esta nueva vivienda, si por vigilancia en el barrio, barriendo con paciencia todas las calles, o si fue por el soplo de alguna antigua vecina.

Con un esfuerzo sobrehumano, la Sra. Zhang trató de contenerse y, una vez controlada la situación, se dirigió a Xizi para advertirle:

—Es tu nodriza, no vayas con ella.

Todavía Xizi recordaba algo de su madre a pesar de los dos años transcurridos. Mirando a ambas madres se dio cuenta de que su madre adoptiva mostraba una cara muy seria y, siguiendo la advertencia que le había hecho momentos antes, le dijo a su propia madre:

—Hola, nodriza.

No sabemos si en aquel momento la pequeña Xizi comprendía totalmente la dureza de la situación. Sin embargo, la lengua china iba a salir en ayuda de todos suavizando la situación. La palabra “nodriza” en chino también incluye la palabra “mamá”, y fue de esta forma como tanto Xizi y su madre biológica encontraron alivio. Por la conversación que mantuvieron ambas madres, la pequeña supo que su madre biológica trabajaba como sirvienta y que su padre biológico había fallecido.

Después de una media hora interminable de charla para la madre adoptiva, la “nodriza” abandonó la casa. A Xizi no la dejaron acompañarla y por esto no pudo bajar las escaleras y se tuvo que despedir de su “nodriza” desde lo alto.

La imagen que le quedó a Xizi de su madre fue la de la espalda de una señora que, vestida con traje azul y pelo recogido, volvía la cabeza y la miraba fijamente. Fue la última mirada entre una madre y su hija. Con la desaparición de esa imagen desapareció también la madre de Xizi para siempre.

Después de esta visita, el matrimonio Zhang temía que volviera a presentarse de nuevo la madre biológica de Xizi. Por ello se mudaron a toda prisa, trasladándose a otro sitio completamente desconocido para esta mujer y fue así como ni Xizi pudo mas volver a ver a su madre, ni esta pudo saber donde vivía su hija.

Esto que hacía el matrimonio Zhang era muy común en aquella época en China. Para una familia no rica (el matrimonio Zhang pertenecía a esta condición) resultaba complicado y duro la crianza de una niña. Todos los cuidados y mantenimientos que requería eran muy caros. Por eso no podían permitirse el lujo de que cuando fuera mayor ella los abandonara para irse con su madre biológica.

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Xiao Wenyan actuába, 1946.

 

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CAPÍTULO 5

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Xiao Wenyan actuaba en la obra clásica : Justicia de mujer 女审, 1960.

El tiempo se aceleraba como si estuviera pasando por un profundo y ensordecedor cañón. Al tiempo de su sexto cumpleaños Xizi ya llevaba dos años viviendo bajo el mismo techo que el matrimonio Zhang. Ellos la mimaban en todos los sentidos, no solamente colmaban escrupulosamente sus necesidades vitales si no que también disfrutaban de los cuidados sentimentales que su edad requería.

Su padre adoptivo se llamaba Zhang Shaoqing (de aquí en adelante Sr. Zhang), y era originario de Funing provincia de Jiangsu. Ya llevaba viviendo en Shanghái unos diez años. La infancia del Sr. Zhang fue dura a más no poder. Cuando su padre falleció él era pequeño y su madre se casó en segundas nupcias con un hombre de apellido Zhang proveniente de Huai’an. Como consecuencia de esto el niño tuvo que cambiar su apellido al de Zhang y su lugar de nacimiento del de Funing al de Huai’an. Cuando llegó a Shanghái inicialmente era conductor de rickshaw, posteriormente estuvo trabajando en un mercadillo. Como quería quedarse en Shanghái, necesitaba un trabajo más estable. Por eso vio un poco de luz cuando, a través de unos amigos, consiguió empezar a trabajar como portero en un teatro. Además el hecho de que supiera escribir algunas palabras le permitió tomar notas.

Siempre le gustaba abrazar a Xizi cuando se tomaba una copa de orujo mientras trasegaba los humos de su cigarrillo por sus narices. Le gustaba compartir con ella los aperitivos mientras que al mismo tiempo le recitaba los cuentos de las obras del teatro donde él trabajaba. Xizi se quedaba siempre fascinada con los personajes de las obras que su padre adoptivo le iba contando.

Todos esos aperitivos compartidos y tan llenos de relatos fascinantes pronto comenzaron a hacer mella en la pequeña Xizi. Los mitos envolvían su infantil mente produciendo una atracción extrema, unas ilusiones por ver la realidad de esos personajes con sus propios ojos, que su padre inmediatamente fue apreciando.

Cuando Xizi no pudo más con esa ilusión por ver los personajes en la realidad, no dudó un momento en suplicarle a su padre, quien, no pudiendo disuadirla, al final claudicó. En una noche de invierno la llevó, dejándola sentada en la primera fila. Esa noche se ponía en escena una obra que constaba de varios actos. La trama de la obra se trataba de la vida de un matrimonio que tenía un hijo y una hija. El hijo era estudiante mientras que la hija ayudaba a su madre en las tareas domésticas. Después del fallecimiento del marido la mujer se enamoró locamente de un monje. Sin embargo la normativa feudal no permitía este tipo de relación. Así, sus relaciones eran totalmente secretas para evitar castigos. Pero un día el hijo les descubrió por casualidad y le dijo al monje que no podía ir a su casa. La madre se puso muy furiosa y después de varias consultas con su querido monje decidió que la única salida era matar al hijo. Sin embargo, en estas idas y venidas también la hija les había oído y puso los hechos en conocimiento del profesor de su hermano. La madre mató a su hijo finalmente pero fueron denunciados por el profesor. La madre y su monje amante fueron castigados.

Durante la función Xizi le decía a su padre adoptivo:

—Esa mujer es malísima —había oído a la señora y al monje como habían decidido matar al hijo. Xizi le dijo a su padre que los odiaba y que estaba muy preocupada. Mientras decía esto Xizi se había cogido del brazo de su padre de forma muy excitada y nerviosa.

—No te preocupes, eso no es la verdad, ni es real, son interpretaciones que hacen los actores —le repetía su padre. Pero Xizi estaba absorta en sus pensamientos y no lo oía. Lanzó una mirada rebosante de odio con sus ojos desorbitados al mismo tiempo que anhelaba morderla.

Cuando el profesor recitaba que hasta incluso el tigre es cruel pero no se come a sus hijos y los acompaña a su guarida, Xizi pataleaba nerviosamente al mismo tiempo que decía:

—No, no, no. No vuelvas a tu casa.

Cuando vio que la madre sacando un cuchillo, mataba a su hijo y la sangre teñía sus ropas bajo la luz de los focos, Xizi se echó a llorar. Ella estaba llena de odio pero al mismo tiempo temblaba de miedo.

Su padre reaccionó rápidamente adoptando una medida urgente muy a su pesar. La sacó del teatro antes de que terminara la obra. Por el camino se arrepentía de haber llevado a Xizi a ver esa obra de teatro.

Xizi se pasó toda la noche llorando a mares, al tiempo que exclamaba:

—Se murió el hermanito, se murió, se murió…

Para que se pudiera calmar y que su corazón en pena no sufriera más, al día siguiente su padre adoptivo la llevó al teatro. Entrando en los camerinos buscó al actor que el día anterior había representado el papel del hijo. Se trataba de un joven unos pocos años mayor que Xizi. Su padre alzó su mano señalándolo mientras, sonriente, le decía a Xizi:

—¡Mira! ¿Ves como al hermanito no le ha pasado nada y está bien?

Mientras, ella cogía la mano del actor y le preguntaba:

—No estás muerto, ¿verdad? —acariciando su frente y su nariz se percataba de que no había ninguna herida. Después de eso se quedó tranquila.

—¿Pero por qué había sangre en la escena?, ¿cómo es eso posible?

—Simplemente era tinta roja —le respondió el actor.

Ya con su corazón tranquilo, sin ninguna zozobra y haciéndose dueña de la situación, inmediatamente comenzó a hacer preguntas sobre esto y sobre aquello. Era la balsa repleta de ingenuas preguntas que habían estado contenidas en su corazón por ese horror y miedo que hasta entonces le había producido la escena del asesinato. Su padre se dio cuenta de que todo el mundo en el teatro estaba muy ocupado y, cogiendo a Xizi, se la llevó a casa.

Era la primera vez que Xizi había visto una obra de teatro, y ya su alma teatral comenzaba a despertarse de una forma muy elocuente, plena de curiosidades por todo lo que el arte de Talía encierra entre bambalinas. Nunca, en esos momentos, pudo imaginar ni por un instante que solamente unos años más tarde ella misma actuaría en muchas obras de teatro con ese mismo actor por cuya muerte en esa noche había llorado tan desconsoladamente.

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Xiao Wenyan actuába en la obra clásica: Justicia de mujer 女审,1960. Está en centro de la foto.

CAPÍTULO 4

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Xiao Wenyan actuaba en la obra : Heroína de los ríos salvajes (荒江女俠 Heroine of the Wild Rivers).

¿Cuándo se repuso del desmayo la madre de Xizi? ¿Cómo volvió a su casa? ¿A dónde fueron los padres de Xizi? Recordemos que le dijeron a la pequeña que iban a un sitio lejano. ¿Dónde vivieron? ¿Cómo fallecieron? ¿Dónde están enterrados? Todas estas preguntas y muchas más quedaron para siempre sin contestación.

Para Xizi siempre será una gran tragedia no conocer los nombres y apellidos de sus padres, y más aún no conocer el lugar de su propio nacimiento.

En el momento de su adopción por el matrimonio Zhang ella acababa de cumplir cuatro años. En la misma noche del día de adopción, el matrimonio preparó una cena de celebración a la que invitaron a sus amigos.

Cuando Xizi hizo su aparición en la cena todos quedaron boquiabiertos, estaban ante una niña de gran hermosura. Sus pobres ropas se habían trasformado en una pulcra camisa blanca, enmarcada dentro de un vestido estampado al que le hacía la competencia en brillantez unos primorosos zapatos negros. Todos menos Xizi sabían la anécdota de esas ropas que ahora lucía ella. Todos conocían la realidad de aquellos vestidos. En su momento habían sido la vestimenta de la auténtica hija del matrimonio Zhang, muerta recientemente.

Antes de que los invitados comenzaran a engullir las viandas, la Sra. Zhang se levantó y dirigiéndose a los invitados, les comentó:

—Mi marido y yo volvemos a tener una hija, se llama Xizi, este nombre nos parece muy bonito y no vamos a cambiarlo. Cuando envejezcamos tendremos que depender de ella. Por eso a partir de ahora os pedimos por favor que la eduquéis, le corrijáis sus defectos y la aconsejéis en todo momento.

Durante la cena los invitados no cesaban de elogiar al matrimonio Zhang por haber adoptado una niña tan bella y volver así a tener una hija. Algunas mujeres entre las invitadas intentaron hablar con Xizi, pero todos los intentos fueron en vano.

Llevaba ya en esa casa casi siete horas, danzando de aquí para allá, cual marioneta en un circo. Aunque reacia al principio a toda colaboración con la Sra. Zhang, finalmente Xizi dejó que su madre adoptiva la transformara. Le lavó el pelo, la duchó, le cambió las ropas, todo esto antes de que comenzara la cena.

Xizi tenía mucho miedo porque no conocía a nadie. Su cabeza aparecía siempre caída, rehuyendo la vista de los demás. Las manos tensas tiraban en todo momento de los bordes del vestido. Echaba mucho de menos a sus padres. Quería llorar pero no tenía fuerzas ni valor. No entendía las conversaciones de los invitados. Su mente estaba en otro lugar. Tampoco tenía ganas de probar los platos de la cena. En su pequeña cabeza solo una cosa daba vueltas y más vueltas, una idea que la atenazaba por momentos: “Espero ver a mi mamá mañana y que me saque de esta casa desconocida”.

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Xiao Wenyan actuába en una obra clásica, 1940s.

CAPÍTULO 3

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Xiao Wenyan actuába en la obra clásica Mapa de Bian Liang《汴梁图》.

Al cabo de unos interminables días, Xizi fue despertada una mañana por su madre. Encima de la mesa había seis tortas de sésamo y unos churros calientes. También se dejaba ver un raído cuenco de color blanco lleno de leche de soja.

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Tortas de sésamo 大饼

Cuando Xizi entreabrió sus ojos, no pudo por menos exclamar:

—Mamá, ¿qué fiesta es hoy?

—No, no es ninguna fiesta.

La pobre madre bajó su cabeza mientras con enorme esfuerzo le ponía su delantal y las lágrimas le asomaban a los ojos. Xizi no se dio cuenta afortunadamente.

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Churro caliente 油条 y leche de soja 豆浆. Un desayuno típico en Shanghai.

Con la inocente ingenuidad que caracteriza a los niños, Xizi comentó:

—Entonces ¿por qué hay hoy tantas ricas comidas?

—Después de desayunar te voy a llevar a casa de la Sra. Zhang para que puedas gozar de una vida muy feliz —le dijo mientras ella intentaba controlar su tristeza sin que afloraran las lágrimas. Tomando un peine comenzó a arreglarle su trenza con una flor de tela roja.

—¿Vais a venir conmigo, papá y mamá?

—Papá y mamá se van a ir a un sitio lejano, y cuando regresemos te vamos a recoger en casa de la Sra. Zhang —le contestó entre sollozos la madre.

—¡Mamá, no quiero ir!, ¡no quiero ir! —repetía Xizi mientras se abalanzaba hacia su madre, para abrazarla entre sollozos. Madre e hija se quedaron fundidas por momentos en un interminable abrazo.

Hacia las diez de la mañana la llevaron a casa de la Sra. Tao. Al otro lado de la mesa ya estaba sentado un matrimonio de mediana edad. El hombre vestía un impecable traje nuevo, mientras que la mujer se adornaba con un qipao de un delicado color azul. Al entrar Joy se la quedaron mirando de arriba a abajo mientras conversaban con voz sosegada.

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Qipao旗袍

En la escena también aparecía un hombre delgado de unos 60 años que portaba unas gafas y que con esmerado cuidado estaba preparando un recipiente con tinta china. Tan solo la Sra. Tao parecía dominar la reunión, moviéndose diligentemente a ambos lados de la mesa en sus esfuerzos por atender a los presentes.

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El pincel y la tinta china para escribir.

—Ahora que ya estamos todos, primeramente vamos a tomar un té —decía la Sra. Tao al mismo tiempo que con una sonrisa le acercaba una taza a la madre de Xizi.

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Té siémpre desempeña un papel muy importante en la vida cotidiana China. Tomamos té cuando charlamos, incluso estámos negociando.

—El matrimonio Zhang es muy bueno, sin duda alguna, y si Xizi viviera con ellos sería diez veces más feliz. ¡Qué digo!, incluso viviría cien veces mejor que en tu propia casa, y ya no tendría que preocuparte.

La madre de Xizi la miró desorientada, se sentía totalmente perdida, daba la impresión de que no entendía lo que le estaban diciendo. Estaba como ida, como si aquello no fuera con ella.

Al cabo de unos minutos la Sra. Tao se acercó al matrimonio Zhang para comentarles en voz baja:

—Mirad la niña, no solo es fina, es también inteligente, cuando sea mayor os va a ser de mucha utilidad. Y este negocio os es muy ventajoso, solo os va a costar cincuenta dayang (Moneda usada durante el período de 1912-1949 en China.)

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Dayang大洋

Mientras la Sra. Tao hablaba, el señor delgado ya había escrito cinco líneas en una hoja de papel.

—Porque no pueden criar a su hija Xizi, proceden a venderle voluntariamente al matrimonio Zhang a su hija por el precio de cincuenta dayang. Desde el día en que se firma el acuerdo ya no habrá posibilidad de arrepentimiento —el señor delgado pronunció en voz alta las frases que había escrito.

A continuación la Sra. Tao preguntó de forma inmediata:

—¿Tenéis alguna duda?, si no, podemos pasar a poner las huellas.

Puso a continuación un tintero con tinta roja delante de la madre de Xizi.

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Un ejemplo de acuerdo de la venta de tierra en Calendario Minguo 30 (1941). Debajo de los nombes, solía poner las huellas dactilares.

La mamá de Xizi abrazaba fuertemente a su pequeña, dando unos pasos hacia atrás mientras sus ojos aparecían como en un ataque de hidropesía, totalmente atemorizados, y a reventar de lágrimas.

Al verla de este talante, la Sra. Tao se lanzó a un esfuerzo final para convencerla.

—Mamá de Xizi, tu hija va a vivir con el matrimonio Zhang, es la gran suerte que te ha deparado el destino, y tú no debes ni puedes hacerle caso omiso al destino.

Mientras gritaba entre lloros el nombre de su hija, “¡Xizi, Xizi!”, su mano se fue adelantando lentamente hacia el tintero, y luego de humedecer en la tinta roja uno de sus dedos, lo apretó con furia contra el papel, donde su huella quedó marcada para siempre.

Acto seguido abandonó el lugar corriendo de forma precipitada. Cuando salió por la puerta se tropezó en el umbral, cayéndose allí mismo, para a continuación perder totalmente su consciencia.

CAPÍTULO 2

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Xiao Wenyan actuaba en la obra clásica La Romance de la horquilla (Jing Cha Ji) , 1954.

Allá, por el año 1926, hace ya más de ochenta años, Shanghái era el gran paraíso de los aventureros, tanto para los nativos como para los europeos. Pero, en general, para los pobres era el ignorado infierno. Ellos se acercaban con la gran ilusión que anima a la mayoría de los seres humanos en busca de una vida mejor. Fueron muchísimos los refugiados que llegaron desde diferentes zonas de China, previamente habían vendido los pocos terrenos de que disponían y en los que estaba escrita su historia familiar a lo largo de insufribles años rurales. Con el poco dinero que habían obtenido por la venta de sus tierras se acercaban a la gran urbe en busca de una vida mejor. En esta triste lotería del refugiado, ¿cuántos podían tener un poco de suerte en esta quimera de El Dorado?

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Shanghai en 1930.

La familia de Xizi no conocía a nadie en Shanghái. Alojados en un diminuto cuarto y con el poco dinero que traían su padre montó un pequeño negocio para poder seguir viviendo. Sin embargo, las esperanzas pronto se fueron desvaneciendo: el negocio no dio los frutos esperados y rápidamente el dinero se redujo a una nada angustiante. Como todas las desgracias que se ceban en el pobre, esta no llegó sola. Pronto una grave enfermedad atacó al padre y la falta de alimentos rápidamente hizo su aparición. Xizi no dejaba de llorar desesperadamente al sentir la vacuidad de su estómago. Su madre se sentía intranquila, totalmente confusa. Se habían deshecho de las tierras, de la casa, de sus muebles. Todo el dinero lo habían gastado en el viaje, en las medicinas, en los alquileres, en el desastre de su pequeño negocio. Ya no quedaba ni un duro. La enfermedad de su marido era una gran incógnita que no tenía solución. ¿Qué iba a ocurrir si el cabeza de familia fallecía?, ¿o si aún recuperándose quedaba impedido para trabajar?, ¿dónde estaba la salida a tanta desgracia?

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Shanghai en 1930.

Mientras acariciaba las delicadas piernas de Xizi, y con su abanico alejaba los ávidos mosquitos que pululaban por el cuarto, de repente se acordó de la frase que la Sra. Tao, su vecina, le había comentado aquella tarde mientras oía con gran pena los lloros por hambre de Xizi:

—Tenéis que encontrar cuanto antes una salida para la pequeña.

La madre de Xizi pensó: “¿Qué significa?, ¿qué quiere decir con esa frase? ¿Dónde está esa salida para mi hija?”. Así pasó aquella noche de insomnios, en la que esta frase le daba vueltas en la cabeza.

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Plano de trolebús en Shanghai, 1927.

El día siguiente apareció por allí la Sra. Tao, que vivía en Ningbo[1], la dueña de la sastrería que había visto a Xizi en el mercado recogiendo las verduras descartadas por el suelo. La Sra. Tao era una persona bondadosa, siempre que veía a la niña le daba comida cuando veía que tomaba una sopa de arroz en la que a duras penas se veían los granos del cereal. La Sra. Tao siempre exclamaba:

—¡Qué pena, qué pena! ¡Cómo vivís!

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Así mostraba su compasión al entrar, luego se sentaba para preguntar por la salud del padre de Xizi. Esta vez comentó:

—No vamos a hablar de sus rodillas. Es necesario que vea a un médico para que sepáis si va a poder recuperarse y poder así trabajar y ganarse la vida. Sin embargo Xizi me parece una niña inteligente y sería una gran crueldad que la dejarais morir de hambre. Hace poco tiempo murió la hija de la Sra. Zhang que tenía aproximadamente la misma edad que Xizi. La Sra. Zhang se haya muy triste por esta perdida. Ella quiere adoptar una niña que la saque de su tristeza, que le haga olvidar esta trágica muerte. Creo que estaría encantada de adoptar a Xizi. Desde mi punto de vista esta sería una salida muy buena para Xizi. Así podríais matar dos pájaros de un sólo tiro: con el dinero que os den el padre de Xizi puede visitar a un médico y al mismo tiempo Xizi puede pasar a disfrutar de una mejor vida.

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Río Suzhou en Shanghai, 1930.

El gran dilema que se le planteaba a la madre de Xizi conllevaba una dramática decisión. Como expresaba claramente la Sra. Tao:

—¡Vosotros no queréis vender a vuestra hija!, pero ¿hay otra alternativa mejor en estos momentos? La vida en vuestra casa es tan miserable que de aquí a poco tiempo vuestra hija Xizi puede llegar a estar muy débil, no solo por hambre, sino por cualquier enfermedad que pueda terminar con sus días de vida.

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La gente vivía en la casa de estilo Shanghai que se llamába Shikumen, 1930.

Nunca supo el momento en que se marchó la Sra. Tao porque la madre de Xizi cayó en un estado de semi-inconsciencia. En su cuarto solo se oía un desolador silencio.

—Véndela. Lo he pensado mil y una veces, porque no encuentro otra salida mejor —dijo con una débil voz el padre de Xizi desde la cama. Era un pensamiento que le había estado rondando los últimos días, exhausto por todas las desgracias que estaba pasando.

—No, no, no podemos venderla, Xizi es una parte de mi cuerpo. Nunca, nunca… —exclamó la madre que, no pudiendo controlar ya sus sufrimientos, se echó a llorar abiertamente en aquellos momentos.

—No podemos dejarla morir de hambre —contestó el padre con tono sereno pero firme, aunque ya sin fuerzas para seguir en ese contexto.

—Si tenemos que morir, prefiero que lo hagamos juntos —respondió la madre en esta dura discusión, con desgarradores gritos.

A partir de ese día, como si estuviera frente a un abismo oscuro, sin salida, la madre no dejaba de pensar día y noche en cómo encontrar una solución para no vender a Xizi.

Sin embargo el ansiado remedio para esta penosa situación no vendría.

Su desesperación, su dolor, no daban origen a ninguna luz. Finalmente la realidad terminaría imponiéndose como tantas otras veces, y con todo su pesar tuvo que someterse a esta dolorosa solución. Vendería a Xizi para que al menos la querida pequeña tuviera un futuro menos triste que el que les aguardaba a los tres juntos.

CAPÍTULO 1

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Xiao Wenyan actuaba en la obra Clásica Juicio de mujer (Nü Shen) , 1960.

¿Quién no tiene o ha tenido padres? ¿Quién no sabe o conoce algo sobre su lugar de nacimiento?

Aunque si estas mismas preguntas se las haces a mi abuela (¿cómo se llama el pueblo donde nació?; ¿quiénes eran sus padres?; etc.), le es totalmente imposible darte una respuesta. Después de amplios rodeos por el interior de su cabeza, al cabo de muchos vaivenes en su desgastada mente, solo unos vagos, imprecisos, e indeterminados recuerdos acuden a su memoria.

Mi abuela se llama Zhang Shiqin (张士勤) para todos los estamentos oficiales, sin embargo, su nombre artístico en los círculos de ópera y teatrales ha sido y es Xiao Wenyan (筱文艳). Pero, curiosamente, no se apellida ni Zhang ni Xiao. No sabe, ni recuerda, si tenía nombre o no. Solamente su apodo familiar Xiao Xizi (小喜子), “Pequeño Manojo de Alegrías” (de aquí en adelante Xizi), que le acompañó durante su infancia, es una pequeña luz que, al reflejarse en los espejos de su difusa memoria, todavía despierta breves relámpagos en las nubes de sus recuerdos.

 

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En Baidu, no hay información sobre la fecha ni mes de de nacimiento de mi abuela. Lamentablement la historia fue así.

Los cambios de nombres son los hitos que contienen los momentos más duros y tristes de esta historia.

De acuerdo con el Calendario Lunar Chino, un día de febrero de 1922, Xizi nació en el seno de una familia rural y pobre en el norte de la provincia de Jiangsu. En esa época el norte de Jiangsu era una zona de dura y difícil vivencia a causa de su clima. Las condiciones medioambientales eran lo que nosotros llamamos aquí extremas. Si se presentaba un año lluvioso todo se traducía en salvajes inundaciones; si, por el contrario, no hacían acto de presencia las nubes, que bien: se libraban de las desastrosas aguas, pero a cambio se convertía todo en un erial. Por hache o por jota, siempre, siempre las consecuencias eran al final una catástrofe natural. Y quien dice catástrofe natural dice hambruna. La tierra en esos años no tenía descanso para ser productiva. El campo roto, deshecho, destruido hasta en sus raíces, era la puntilla que arruinaba los pueblos. Y quien dice los pueblos señala a sus campesinos.

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Pero volvamos a la sutil y delicada memoria de la persona que más me fascina. En uno de los rincones de sus recuerdos aparece una imagen que debió de causarle un fuerte impacto. Su casa llena de agua, todo inundado, todo cubierto de lodo. Y que impresión más desoladora si, como ella recuerda, todavía no sabía caminar. Qué momentos más agobiantes para un ser indefenso: ver que no puedes luchar, que el agua te rodea y que solo sabes patear. De pronto recuerda haber visto como el agua se alejaba de sus ojos, como su angustia y horror se secaban, todo de repente y gracias a un ligero vuelo hasta el hombro de su padre, desde donde, sentada, podía contemplar con espíritu juguetón e infantil como las aguas ya no eran ese peligro inminente.

Y después de la inundación se acercaba la sequía. Bajo un sol de fuego pudo ver como en un espejismo a sus padres pisando la noria, sumergidos en el sudor y el cansancio. Como una cosa de críos, que no resisten la tentación de husmearlo todo, de asomar sus narices en cualquier artefacto en movimiento, ella, en ese afán infantil imitador que los caracteriza, también quería repetir los movimientos de los mayores. Su padre solícitamente la llevó hacia la noria y la colocó encima. Como podemos imaginar, sus piernas infantiles no le alcanzaban para poder participar en el movimiento con que toda la familia impulsaba la rueda. Su padre, en su afán por reducir el desencanto de su pequeña, le dijo:

—Xizi, todavía te faltan muchos años para poder pisarla.

Aunque hayan pasado tantos años, estas imágenes están bien grabadas en su memoria. Por pequeños que seamos, aquellas vivencias extremas impactan de tal forma en nuestras neuronas, que las conexiones provocadas por esos momentos se hacen extremadamente fuertes, y ya no desaparecen, ni con las más duras enfermedades seniles. Cuando hablamos de su pueblo natal, todo un cúmulo de vivencias surge de lo más hondo de sus recuerdos, donde grandes murales impregnados de aflicciones, historias casi siempre tristes, cuadros de lágrimas y desolación pululan por momentos en su cada vez más arrugada faz.

 

¿Qué quedaba después de la inundación y la sequía? Barro, piedras, arena, tierras menopáusicas, tierras en la que ni las maternales manos de Virgo hubieran sido capaces de plantar algún embrión. Las familias llevaban esta vida de calvario con la resignación que se puede imaginar en estos pueblos marcados con la desgracia durante milenios.

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La zona afectada en Norte de Jiangsu por inundación.

Un día en que ya no quedaba ni un ápice de comida en la casa, su madre dijo a Xizi que se acercara a la casa de su tío, que habitaba en un pueblo bastante cercano, para pedirle un poco de salsa. Tras recorrer un trecho por caminos polvorientos y entrar en el pueblo de su tío, se vio sorprendida por un perro que, tras un salto por encima de un pequeño margen de piedra, se plantó de forma amedrentadora delante de sus narices. La primera reacción de Xizi fue salir corriendo, pero como suele suceder en estos casos, en cuestión de carreras los canes siempre llevan las de ganar y finalmente Xizi acabó mordida por ese perro defensor de las calles donde sus amos lo alimentaban. Todavía veo con horror las secuelas de esa herida en su pierna. Es también parte de esa memoria que no nos abandona nunca. ¡Ah!, siempre estos sucesos impactantes dejan su huella, aunque a veces no sepamos leer, ni escribir, ni sepamos diferenciar todavía entre la mente y el yo.

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Las inundaciones constituyen una de las catástrofes naturales que deja un gran número de refugiados en China, 1920-1930.

Cuando Xizi contaba tan solo con cuatro años, su familia, ante la dureza de la vida en el pueblo, y ante las pocas perspectivas de futuro que se avecinaban, se decidió a abandonar sus míseras tierras para acercarse a la aventura de Shanghái. El día anterior al de la marcha prevista se acercó en compañía de su madre a la casa de su tío para despedirse. La familia de su tío era mucho más rica que la de su madre. La costumbre era en aquel entonces que los parientes pobres no comieran en la misma mesa que los parientes ricos. Su tío llamó a Xizi y le dio un pequeño pescado. Aquella acción provocó en Xizi una alegría muy especial. Tal era su regocijo y tan contenta estaba que, pensando que todo era un sueño, se olvidó de los objetos existentes a su alrededor, por lo que tropezó y rompió el cuenco donde estaba el pescado. Como resultado de este hecho su frente quedó sangrando, con una herida que también aporta su granito de arena a esa memoria imborrable que ya hemos comentado. Estas heridas no son solo recuerdos permanentes de sus años en el pueblo, sino los únicos “regalos” que recibió en su infancia.

En esa época, los desplazamientos de migrantes de los pueblos a las ciudades eran bastante más peligrosos que en la actualidad y realmente calamitosos. El viaje se hizo en un carro de madera de una sola rueda. En un lado del vehículo se sentaba el padre, y al otro lado se ubicaba la madre y Xizi. Los caminos se hacen al andar como nos cuentan los poetas en sus versos y muchos de ellos se transitan por las orillas de los ríos, o de los canales que hacen los humanos. En nuestro caso el camino había surgido al lado de un canal. Los que conocen las carreteras y los asfaltos actuales a duras penas se pueden imaginar los caprichos y escabrosidades que existían en los suelos de esos caminos. El carro no solo avanzaba hacia adelante, aunque fuera subiendo y bajando por los innumerables baches con que la ruta obsequiaba al caminante, sino que también tenía algunos desplazamientos laterales. Pues bien, el carro, en uno de esos movimientos a derecha e izquierda al parecer, se topó con algún obstáculo, sufriendo una brusca parada, a consecuencia de la cual Xizi salió violentamente lanzada, y fue detenida finalmente por el lecho del canal. Afortunadamente era época de sequía y el canal apenas llevaba un hilo de agua y las hierbas abundantes en las orillas de los canales hicieron de colchón ante el inevitable impacto. No obstante, los gritos de Xizi, y la peligrosidad de la situación representaron un susto mayúsculo para sus padres.

 

En aquella época, las carreteras muchas veces no eran ni seguras ni transitables. Al final del viaje por tierra, tenían que continuar en una pequeña barca, remando por un riachuelo hasta llegar al gran canal de Yangzhou, y desde allí coger un barco para llegar a Shanghái.

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El curso del Gran Canal

Xizi y sus padres consiguieron finalmente encontrar una cabina de clase económica en un barco abarrotado de gente extenuada y pobre.

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A través de Gran canal de Yangzhou puede llegar al Shanghai

El padre de Xizi se apoyó finalmente contra una pared en el barco. Miraba a su mujer y a su hija con unos ojos muy cariñosos que parecían decir: “Qué suerte hemos tenido de poder subir a este barco, porque había muchos refugiados que querían subir pero no lo han podido hacer”. La madre de Xizi no se dio cuenta de que su marido la estaba mirando. Giró su cuerpo y se dio cuenta de que su pelo estaba horrible, tapando la mitad de su cara. Xizi tenía mucha hambre y además el olor del barco le molestaba bastante. Quería levantarse y volver a su casa. Tocó el hombro de su padre y le dijo:

—Papá, volvamos a casa. Quiero volver.

 

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Barcazas en el moderno Gran Canal (sección “Canal Li”) de Yangzhou.

Su padre la abrazó y la dejó acomodarse entre sus rodillas. Él acarició la cabeza de Xizi con su mano llena de callos y le dijo:

—Escúchame, mi buena niñita, tú no vas a vivir en esa casa de pobres como hasta ahora. Vamos a buscar una hermosa casa en Shanghái. Allí hay muchos edificios grandes y altos y brillantes luces cada noche. Además podremos comer arroz todos los días, no solo cuando celebremos las fiestas.

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Shanghai en 1930s.

—¿Dónde está Shanghái?

—Cuando nos bajemos del barco, ya estaremos allí.

—Papá, ¿qué aspecto tienen los edificios altos?

—Nunca los he visto, pero me han dicho que parecen altas montañas.

—Cuando lleguemos allí, ¿también vamos a vivir nosotros en un edificio alto?

—Pues… sí.

—Entonces, ¿no tengo que pedir nunca más la salsa a mi tío? Es que su perro realmente me asustaba mucho. ¡Era muy malo!

—No, no, ya no tienes que pedírsela más.

Su padre le estaba contestando de mala gana, pero Xizi no lo notó porque ella estaba llena de vibrantes ilusiones mientras su padre la cogía entre sus brazos.

Aquella noche Xizi tuvo un sueño muy feliz. En el sueño ella se ponía un vestido muy bonito para celebrar la fiesta del Año Nuevo Chino con sus padres en una casa grande. Después del banquete de la fiesta comenzó a lanzar fuegos artificiales.

Finalmente, el barco de la esperanza que nos lleva a todos los sitios que soñamos, llegó a su destino, poniendo a Xizi y a sus padres en la gran ciudad, en Shanghái.

¿Qué sería lo que les aguardaba en la gran ciudad? ¿Se cumplirían todas las expectativas generadas durante el viaje?

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Bund en 1930s, Shanghai.

INTRODUCCIÓN

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Mi abuela en Shanghai, 1960. La foto fue destropeada por los rebeldes revolucionarios en Revolución Cultural. La recuperamos en 1980.

Durante mi viaje a Shanghái, en enero del 2009, una idea que había estado dándome vueltas en la cabeza los años anteriores se fue cristalizando. Conforme me acercaba a mi destino la decisión de escribir una biografía sobre mi abuela en inglés y español fue tomando cuerpo y el detonante definitivo me llegó cuando en esas horas interminables bajo la luna y sobre las alas de un Ícaro majestuoso tuve tiempo en demasía para valorar muchas de las virtudes de mi abuela. En ellas no solamente alucinaba por su gran arte y los múltiples personajes a los que había dado vida, sino, también, por mi eterno agradecimiento por haber sido la mejor abuela para los ojos y oídos de una nieta.

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Postal conmemorativo emitido en China dedicado al trabajo artístico de mi abuela, 2000.

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Me despertó una oscura voz por los altavoces del avión: “Señoras y señores, dentro de diez minutos llegaremos a nuestro destino: ‘aeropuerto de Shanghái’, por favor ocupen sus asientos y abróchense sus cinturones de seguridad”. Miré mi reloj: eran las cinco de la madrugada; estiré mi brazo y subí la persiana de la ventanilla. A duras penas podía abrir mis ojos. ¡Ah!, ¡ya era de día! Se me había olvidado cambiar la hora y, la verdad, no es ninguna tontería, son siete horas de diferencia.

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El cielo de Shanghai ,2009.

La luz de un sol muy brillante ya besaba mi cuerpo, acariciándome suavemente hasta abrazarme. Mi corazón estaba alterado, bailaba con mi sangre alborotada. El avión descendía suavemente desde las alturas hasta la calima que envuelve las grandes ciudades. Volví a mirar la tierra desde la ventanilla, los edificios: unos altos, otros bajos, algunos nuevos, varios otros antiguos; como si de notas musicales se tratara, cantaban una melodía opalescente. El río Huangpu era una línea de seda que conectaba los barrios. ¡Era Shanghái, mi ciudad! Los siete años que había pasado fuera se me habían convertido en una losa. “¡Hoy, por fin vuelvo a verte, mi querida Shanghái!”, pensaba.

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Río Huangpu en enero de 2009.

Cuando salí por la puerta de llegada de viajeros del aeropuerto, mi emoción estaba al límite. Pronto vi a mis padres, a mis tíos, y todos nos abrazamos en una piña compacta. En las primeras impresiones me dijeron que no observaban mucho cambio en mi figura, ni tampoco en mi cara después de los años pasados. Les dije que me conservaba igual que cuando me fui gracias al aceite de oliva español, nos reímos mucho con mi ocurrencia.

Me llevaron hacia mi casa en el coche, y yo miraba ansiosa por la ventanilla las autopistas, los edificios, las calles. Algunos seguían siendo familiares, otros eran muy desconocidos. En esos seis últimos años de ausencia se habían hecho muchos cambios en Shanghái, “claro que sí”, me contestaron.

Cuando entré en mi casa, mi vista se centró en una señora mayor con pelo blanco, de cara esculpida con múltiples arrugas, pero sus ojos hablaban por sí solos.

—¡Mira!: ¿quién ha llegado? —le preguntaron mis padres.

—Es Xiao Fang —mi apodo—, mi nieta —les contestó muy rápidamente.

—¡Abuela, abuela! —la llamé al tiempo que la abrazaba fuertemente.

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Shanghai, enero de 2009.

La acompañé para entrar en casa, luego nos sentamos juntas y me dijo:

—Xiao Fang, mi nieta, sabes que tu abuela te ha estado echando mucho de menos.

No me salían las palabras, solo me apetecía abrazarla una y mil veces.

Estuve en Shanghái durante tres semanas, en las que los momentos que estuve junto a mi abuela, fueron y serán para siempre inolvidables.

Un día que amaneció bien soleado, la acompañé a pasear por el parque. Caminábamos muy despacio, y yo quería que el tiempo pasara así: muy despacio. Saqué una foto de la abuela, su sonrisa era como un sol dorado, que caracoleaba entre el verdor de los árboles y los tonos azules de mi cielo.

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Después de un paseo, le saqué una foto a mi abuela en enero de 2009.

Cuando ya me quedaban sólo dos días para el regreso a Madrid, de forma repentina, mi abuela me cogió las manos y me dijo:

—La abuela sabe que estás lejos de casa aprendiendo y creando tu mundo, tu abuela está muy orgullosa de ti.

No pude controlar mi emoción, la abracé fuertemente y lloré.

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Mi abuela actuaba en la obra clásica de opera China La Leyenda de Dama Serpiente Blanca, 1953.

Dos días más tarde, tomé el vuelo de vuelta a Madrid. Tenía que despedirme de mi abuela y de toda mi familia y amigos. Shanghái, mi querida ciudad natal, donde mis padres, mis tíos, mi hermano y yo nacimos. Fue tan famosa que llegaron a llamarla “el París Oriental”, fue el paraíso de los aventureros en los años 30. Hoy es la ciudad más moderna de China, una de las más cosmopolitas del mundo. Shanghái siempre atrae a la gente que llega, no solo ahora sino hace cien años, cuando era un pueblo pequeño, y su puerto fue abierto al mundo de los negocios y el comercio. Volvemos a aquellos tiempos, los chinos de diferentes provincias de China y los extranjeros de diferentes países del mundo. Todos vienen a esta ciudad para probar suerte. Muchos de ellos vinieron de la provincia Jiangsu,  situada al norte de Shanghái.

Y es precisamente aquí donde la historia de mi abuela comienza.

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PRÓLOGO

Nací en Shanghái, China, en la época de Mao.

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En aquel tiempo mi abuela vivía con nosotros en una casa donde se alojaban cuatro generaciones de nuestra familia: mi hermano pequeño y yo, mis padres, mis tíos y mi tía, mis abuelos y mi bisabuela.

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Daqingli

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Daqingli en 1980

La casa era de estilo tradicional de Shanghái, tenía de nombre Daqingli y había sido construida en 1905 durante la dinastía Qing. Estaba justo en la calle Este de Nanjing, la más próspera y densa de Shanghái. Nuestra casa estaba enfrente de un edificio de grandes almacenes (Shanghái No.1 Department Store) en La Plaza del Pueblo, junto al Parque Renmin.

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Shanghái No.1 Department Store en 2009

Cuando mi hermano pequeño nació, mi madre estaba trabajando en un hospital fuera del centro de Shanghái, al que se tardaba en llegar dos horas y media en bus. En aquel momento, mi padre se hallaba en una base militar situada en la provincia de Fujian, frente a Taiwán. Mi madre me llevaba a visitarlo mientras estaba en la base. Al cumplir yo cuatro años, mi padre regresó definitivamente a Shanghái.

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Muengtang en 2009

Iba a una guardería llamada Muengtang, que era, en realidad, la iglesia Santa Trinidad. Tenía miedo de ir, no solo porque estaba un poco oscuro sino porque además olía a lechuga, algo que comíamos a menudo. Incluso ahora recuerdo el sol que lucía a través de las ventanas multicolores de la iglesia. Cuando no podía dormir durante la siesta, solía mirarlas como si tuviera un sueño mágico.

La calle Jiujiang, donde se encontraba mi guardería, estaba repleta de comercios. Un día, después de recogerme, mi padre me llevó a comer empanadas en un restaurante pequeño. Hacía mucho frio en la calle pero las empanadas estaban riquísimas. En aquellos tiempos, la vida era pobre, y comer algo relleno de lechuga y carne picada era todo un lujo. Me sorprendió el sabor tan delicioso que tenían.

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La calle Jiujiang en 2009

El año posterior a mi comienzo en la guardería, era el último de la Revolución Cultural. Vi la noticia de la caída de la Banda de los Cuatro en la televisión de trece pulgadas en blanco y negro que habíamos comprado. Era una de las TV más lujosas y caras en aquel tiempo. Ese mismo año, mi tía terminó su servicio militar y regresó a Shanghái.

En nuestra casa teníamos un patio con mucho encanto. Era una caja mágica para mí. Mi bisabuela y mi abuelo eran personas a las que les gustaban las plantas y disfrutaban con ello. Daban así un toque de vida y alegría con aquellos floridos parterres. Por doquier había elegantes Bonsáis, y dorados peces hacían sus piruetas en un pequeño estanque.

Mi bisabuela nació en 1893 durante la Dinastía Qing. Sus pies estaban vendados de acuerdo con la tradición, así que parecían un par de lotos dorados de tres pulgadas, por lo que ella solía andar muy lentamente. En verano, cuando los pájaros estaba cantando y las flores rosas estaban ya floreciendo, mi bisabuela solía peinarse con gran esmero y elegancia. Tenía pelo blanco y largo que se acicalaba en el patio cada mañana. Otro recuerdo de ese patio que me viene a la mente es el de mi tío, que estudiaba literatura japonesa en la universidad de Fudan. Era muy trabajador, y recitaba todos los días por la mañana las lecciones, para practicar su pronunciación, en ese patio.

Un día de invierno comenzó a nevar. Era la primera vez que veía una nevada, ya que aquello no era corriente en Shanghái. Mi padre estaba haciendo un gran monigote de nieve en el patio, y mi hermano y yo lo mirábamos desde dentro. A través de la ventana, veía densos copos de nieve que caían, mientras mi padre colocaba finalmente una zanahoria en la cara del monigote a modo de nariz. Todo eso me pareció entonces muy surrealista.

En 1978, comencé mis estudios en el colegio primario. Mi abuela era una artista de la Ópera China de Huaiju y continuaba ocupada con sus ensayos, participando en conferencias y distrayéndose con múltiples actividades. La realidad es que no la veía a menudo cuando era pequeña. Pero no se me olvidarán nunca sus palabras: “Mi niña, debes apreciar la oportunidad que tienes de poder estudiar en un colegio, cuando la abuela era como tú de pequeña, quería estudiar pero no tuvo ninguna oportunidad”. La cruda realidad es que ella solo pudo estudiar dos años y medio en un colegio, pero tuvo valor y fuerza para seguir haciéndolo por su cuenta. Ella me solía decir: “Mi pequeña, si una persona tiene cultura y conocimientos, puede ver este mundo de una forma distinta. Hay muchos tesoros que están escondidos en un cajón, pero ese fabuloso cajón sólo se puede abrir con una llave, y esa llave se llama cultura y conocimientos”.

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Mi abuela actua en 1980, después de Revolución Cultural.

En mi familia cada persona trabajaba en diferentes áreas. Mi abuela respetaba las decisiones de cada uno. Para ella lo más importante era que una persona fuera virtuosa. Con frecuencia nos solía decir: “Si trabajas bien y de manera profesional en cualquier ocupación, serás una persona honorable, honesta, confiable y valiosa para la sociedad”.

Cuando, a veces, sacaba buenas notas en el colegio, mi ego se subía por las paredes y me convertía en una persona algo chula. Entonces, mi abuela, a la que no se le pasaba nada, lo notaba y me decía en un tono muy serio: “Solo la botella medio llena es la que hace mucho ruido. Tienes que ser humilde y modesta, porque siempre habrá gente mucho mejor que tú. Los chinos tenemos un proverbio para estas situaciones que dice: Siempre habrá montañas más altas que esta, cielos más dilatados que este y gente más inteligente que tú”.

En 1979 mi bisabuela se puso enferma debido a su delicado estado, producto de la edad. Falleció cuando tenía ochenta y seis años. Mis abuelos y mi tía, se trasladaron a una nueva casa en 1980.

Durante la noche vieja del año nuevo chino de 1981, mi abuelo falleció por cáncer de pulmón. Era un hombre tímido, no le gustaba hablar de sus problemas. Sufría mucho, y sintió gran frustración durante la Revolución Cultural por el trato injusto que había recibido mi abuela.

Durante el período de 1980-1990 pude ver más veces a mi abuela, a pesar de que mis padres, mi hermano y yo seguíamos viviendo en la casa antigua. Cuando mi abuela terminaba sus ensayos o actuaciones, ya muy tarde, solía venir a dormir con nosotros porque la Compañía Estatal de la Ópera de Huaiju de Shanghái estaba cerca de nuestra casa.

Aún recuerdo que, cuando tenía doce años, mi abuela fue a Pekín para asistir a las reuniones del Comité Nacional. Solía enviarnos cartas, en una de ella descubrí una palabra que estaba escrita incorrectamente, y, sin pensármelo un minuto, me preparé para recriminarle su dejadez. Le mandé una carta donde la criticaba sin ninguna hipocresía, pero, sorprendentemente, mi abuela me respondió admitiendo sin ninguna excusa que había escrito esa palabra incorrectamente y que por eso ella debería estudiar más. Ahora me asaltan reparos por haber sido tan presuntuosa, ¿cómo pude haber reaccionado así con ella solo por una cosa tan banal? Está claro que en aquellos momentos pensaba que podía saber más que ella, y que tenía una gran dosis de arrogancia.

Mi abuela solía darnos un poco de dinero, con el que yo compraba cintas de música, libros y algunos dulces en las numerosas tiendas de la calle Este de Nanjing. Aquel era un universo muy curioso y maravilloso en aquella época para mí.

Hacia 1980, las condiciones de vida en China habían mejorado y eran algo más confortables. Aunque todavía en los mercados no se podían encontrar muchos productos, y para comprarlos se seguían necesitando los cupones.

En aquellos momentos mi abuela era ya una artista muy conocida de la Ópera de Huaiju, y su salario mensual era relativamente alto. Le encantaba ayudar a otras personas, pero siempre dentro de una ética de respeto hacia los demás. Algunas veces, mis amigos y compañeros de clase venían a mí casa para hacer juntos los deberes o a jugar. Si coincidían con que estaba mi abuela, siempre los invitaba a comer a todos ellos y después les preguntaba cómo les iban en sus estudios, y nos decía: “Los niños tiene que reunirse juntos con sus mejores amigos y ayudarse unos a otros”. Todos mis compañeros de clase la recuerdan vivamente.

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Con mi hermano pequeño y mi prima en Parque Renmin, 1981.

En otra ocasión, durante la Fiesta Nacional, en nuestra antigua casa, mi abuela y yo nos sentamos juntas para disfrutar de la vista de los fuegos artificiales. Le dije: “Mira, abuela, qué bonito es, ¿no?, ¿te está gustando?”, “”, me contestó, “pero mira como las cosas suben y bajan, se iluminan y oscurecen, recuerda que nuestra vida es como estos fuegos”.

A veces, los amigos y admiradores de mi abuela solían venir a casa y ella les enseñaba a mejorar sus técnicas de actuación y canto. Yo nunca he asistido a una clase de canto: lo que ella me enseñaba era muy valioso.

Mis estudios universitarios comenzaron en 1990. La casa de mi abuela estaba a medio camino entre la universidad y mi casa. Comía en su casa casi todos los días. Ella compraba muchas comidas buenas y las cocinaba cuando tenía tiempo. Tuve así oportunidad de chalar con ella varias veces. Como de costumbre, mi abuela siguió muy ocupada, pero siempre estaba enseñando algo a sus amigos y admiradores. Siempre nos solía decir: “Cuando estudies o trabajes, hazlo lo mejor posible. Aprende siempre cosas nuevas, incluso cuando seas mayor”. Así pues ella nunca descansaba un minuto. Compró un guzheng, ya que ella deseaba aprender a tocarlo. Le comenté que era muy caro, pero me contestó que era el instrumento musical que desde niña había soñado con tocar. Como ya estaba jubilada iba a tener más tiempo para estudiar y practicar. También estudiaba pintura tradicional china y caligrafía china. Incluso hubo un momento en el que me dejó asombrada cuando me pidió que le enseñara matemática e inglés.

En 1990, unos días antes de la fiesta del Año Nuevo Chino, mi abuela me dijo: “Mi niña, te voy a comprar un traje nuevo para esta fiesta, ¿qué te parece?”. Nunca me olvidaré de aquella chaqueta roja de invierno, no solo porque su color era agradable y me calentaba la vista, sino por lo mucho que me abrigó durante aquella cruda estación.

Aunque mi carrera era de auditoría, mi pasión por la música, el teatro y la ópera estaba en mi corazón, y corría salvajemente por mis venas desde que era pequeña. Cuando terminó la Revolución Cultural, mi abuela pudo volver a actuar. Siempre la veía entrenarse en casa y cuando actuaba. A veces, me dejaba entrar al vestuario donde los actores se maquillaban y se vestían con unos trajes impresionantes. Mi abuelo era técnico de escenario. Sentía como si fuera un sueño cuando veía cómo él experimentaba con sus ágiles manos y distintas luces, rojas, amarillas, verdes y de todos los demás colores. Pero era muy difícil para una niña comprender la ópera china y estar allí sentada durante toda la representación, que, generalmente, dura entre dos y tres horas.

Algunas veces hablábamos de su profesión. Durante un cierto tiempo yo me divertí un poco diciéndole, en broma, que quería ser una actriz de la ópera china como ella. Ella me decía que su profesión era dura, con mucho entrenamiento y llena de amargas experiencias sin parar. Hoy, una chica como yo, tiene grandes oportunidades de estudiar, por eso ella me comentó que aprovechara esta circunstancia para sacar el máximo provecho.

Justo un año después de que Deng Xiaoping, quien era líder de China después de la época de Mao, realizara su famosa visita al Sur, me gradué en la universidad. Durante su visita, Deng pronunció varios discursos y se ganó plenamente el apoyo del pueblo por sus planes de reforma. Sus frases más famosas fueron: “Ser rico es glorioso” y “Un gato es bueno si puede cazar a la rata, no importa cuál sea el color del gato”. Estas frases provocaron un espíritu y una ola de emprendimientos en China que aún hoy continúan empujando a la economía de dicho país. Deng también fue una persona clave para la apertura de la nueva zona de Pudong en Shanghái, que reactivó la ciudad al mismo tiempo que se establecía como el centro económico de China.

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En el Bund, 1994.

Vi cómo Shanghái se desarrollaba rápidamente después de sus discursos. El gobierno de esta ciudad animó a las compañías inmobiliarias a que hicieran nuevos edificios en las zonas del centro donde estaban las antiguas casas de estilo de Shanghái. El sitio donde vivíamos, Daqingli, donde pasamos nuestra infancia y adolescencia y donde mis amigos, mi hermano y yo solíamos pasar el tiempo, han desaparecido para siempre.

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Daqingli desaparece para siempre, en 1995.

Desde 1993, una nueva ola de inversiones extranjeras se adueñó de Shanghái y, por lo tanto, la bolsa de Shanghái reabrió. Había sido el mercado más dinámico en la región de Extremo Oriente durante los años treinta del siglo pasado. Fui muy afortunada dado que aquello me trajo un completo abanico de oportunidades. Trabajé como auditora para el Buró de Auditoría de Shanghái, como bróker de bonos en el mercado de futuros y como bróker en la bolsa para Baring Asset Management e ING Barings.

Después de nueve años trabajando en el sector financiero, me armé de valor y, siguiendo un poco las huellas de mi querida abuela en lo que a luchar por aprender nuevas cosas se refiere, me marché de Shanghái, aterrizando en España un día de octubre de 2002. Ansiaba descansar y comenzar algo distinto. Como la mismísima letra de una canción que cantaba Edith Piaf: “[…] je repars à zéro […]”.

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En el Bund, 2001.

En enero de 2009, volví a visitar a mi familia en Shanghái. Fue una gran emoción y alegría poder volver a ver a mi abuela. De hecho, me había ido dando cuenta del gran impacto que ella había ido produciendo a lo largo de mi vida. Especialmente durante los años en que había estado fuera de China. Había comenzado todo desde cero en España, no conocía a nadie, tenía que aprender español, me enfrentaba con una nueva cultura muy distinta y tuve que poner en orden todas mis cosas y papeles. Nada había sido fácil, pero durante el arduo camino, siempre el recuerdo de mi abuela había estado conmigo, en ella tenía la imagen de la gran luchadora que había sido y que siempre había sabido sobrevivir a todas las dificultades, por muy duras que fueran.

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Con mi abuela, 2009.

Después de esta visita, comencé a escribir una biografía sobre mi abuela. Tenía que hacer mucho trabajo de investigación, deseaba llegar a un mejor conocimiento de lo que había sido su vida, dentro de China y de Shanghái. Obviamente la ópera china ya había ido creciendo dentro de mí. Sin embargo cuando ya había alcanzado las dos terceras partes de la biografía, sentí que me faltaba inspiración, no podía continuar. Por eso dejé momentáneamente este proyecto sobre la vida de mi abuela a un lado.

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La luna llena en 19 de septiembre 2013.

Cuatro años más tarde, volví a Shanghái para celebrar la fiesta de Mediado de Otoño con mi familia. La fiesta de ese año caía el día 19 de Septiembre y tradicionalmente es un evento muy importante donde toda la familia debe reunirse. Sin embargo el destino nos depara a veces emociones opuestas, son esos grandes momentos que serán eternos y que nos marcan para el resto de nuestras vidas. En esa noche, cuando la luna estaba en su cenit de esplendor, el corazón de mi querida abuela se detuvo a las 23:28 horas. La luna siguió brillando, como queriendo acompañar el alma de mi abuela en su fulgente Tao hacía la eternidad. Fue la Fiesta de Mediado Otoño más triste de mi vida. Ella tenía noventa y dos años y había sufrido un edema cerebral. Se fue muy serena. Todo fue rápido y aparentemente no sufrió demasiado.

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Funeral de mi abuela

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La pérdida de mi abuela ha sido el motor que me animó a terminar esta biografía suya. Me parece que merece la pena compartirlo con todos ustedes en muchos sentidos. A ella le habían tocado unas malas cartas en el juego de la vida. Sin embargo nunca se rindió. Por eso su vida me enseñó que siempre hay esperanza si se trabaja duramente y que se pueden alcanzar los sueños.

He escrito esta biografía basándome en las cintas que fueron grabadas cuando varios escritores y periodistas le hicieron entrevistas a lo largo de su vida. Mi agradecimiento más sincero hacia ellos. Sus nombres son: Qiao Gufan y Zhao Anji. Sin ellos y sus grabaciones no habría sido posible terminar este trabajo. Así, al mismo tiempo, he tenido la oportunidad de descubrir otra parte muy interesante de la historia de mi abuela. Gracias nuevamente.

Es un gran honor para mí poder dedicar este libro a la memoria de mi queridísima abuela. También va dedicado a todas las mujeres de este mundo que hayan tenido que pasar tiempos extremadamente difíciles y al final hayan podido salir y sobrevivir, y para aquellas que hayan sido tristemente olvidadas. También me gustaría dedicarlo, con todos mis respetos, a todos los lectores que nunca se hayan rendido ante las adversidades de su vida, hayan tenido algún sueño y hayan trabajado duramente para, al final, verlo cumplido.

Finalmente, me gustaría dedicar este libro a Shanghái, alrededor de la cual estuvo girando casi toda la vida de mi abuela. Tengo muchas memorias hermosas de los años de mi infancia sobre esta ciudad. La cultura de Shanghái tiene su base en cómo sabe atraer siempre a los mejores, y en su gran variedad. Dicha cultura se llama Haipai Wenhua, y es famosa por su mentalidad de innovación. Me parece que la influencia de Shanghái ha sido muy positiva para la carrera artística de mi abuela. También ha tenido un gran impacto sobre toda mi familia. Echo mucho de menos su aire húmedo, los ríos Huangpu y Suzhou, el Bund, el jardín de Jade, mi familia y los muchos amigos que viven allí. Cada vez que vuelvo a Shanghái, noto que está cada vez más bella. En 2009, cuando volví, fui a la calle del Este de Nanjing: siempre estaba a tope de gente; el parque Renmin me parecía más pequeño; la plaza del pueblo estaba rodeada por los rascacielos; algunas emotivas tiendas antiguas que me hubieran traído agradables recuerdos de mi niñez ya no estaban, su lugar había sido avasallado por los enormes contornos de grandes centros comerciales.

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La calle del Este de Nanjing, 2009.

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Donde estaba Daqingli, ahora es un centro comercial.

Me sentí extremadamente triste al no poder encontrar ninguna huella de los tiempos pasados cuando mis pies se dirigieron hacia el sitio donde había estado Daqingli, en la calle  Este de Nanjing. En su lugar se alzaba un centro comercial gigante. Un poco de alegría apareció en mi semblante al descubrir que mi guardería seguía todavía en pie, aunque ahora es una iglesia totalmente renovada. Saqué varias fotos de estos escenarios tan familiares, pero al mismo tiempo tan extraños. Estuve de pie silenciosamente durante bastante tiempo, como si estuviera participando en una ceremonia funeraria por los tiempos antiguos. Mientras tanto, Shanghái estaba abriéndome sus brazos, al tiempo que me decía: “¡Hola!, ¡bienvenida de vuelta, mi pequeña!”.

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Muengtang,2009.